Se pudre todo!
Si el universo es, tal como al menos metodológicamente conviene configurarlo, infinito, sería imposible todo conocimiento.
Esto, evidentemente, no es nuevo para las disciplinas de reflexión humana. La historia de la filosofía y, más específicamente, la epistemología, han remitido en una discusión de casi siglos de antigüedad este principio cardinal, basado, fundamentalmente, en el análisis crítico de las fuentes y métodos de conocimiento por las cuales el hombre reconoce subjetivamente un objeto preexistente a él mismo.
Supongamos lo inaccesible de entrever una naturaleza regida en términos de regularidades. Cierto es, claro está, que en el pragmatismo de la vida cotidiana todas las cosas parecieran moverse a partir de cierta esencialidad del universo, ciertas condiciones inamovibles que pretenden las variaciones de la mayoría, sino de todos, los hechos que sobre el mundo acaecen. La gravedad, supongamos por caso, pareciera ser eterna a la luz de la intuición diaria. Sería, incluso, bastante difícil encontrar a alguien de entre quienes leen estas líneas, dispuestos a arrojar a su abuela por el balcón en función de la postura crítica hacia tamaña ley.
Sin embargo, también es cierto que la cantidad de abuelas en el mundo pareciese ser infinito. Más aún la cantidad de objetos con potencialidad a la caída o, mejor dicho, a la atracción entre su masa y la de la tierra.
Por tanto, parecería una locura componer una afirmación similar a “suspender a toda abuela por sobre el nivel del suelo provocaría su descenso inmediato hasta toparse con el mismo”, sobretodo si nos damos cuenta que no sólo no hemos observado a todas las abuelas existentes en el mundo, sino que nos llevaría aproximadamente la totalidad de nuestros años de vida terrestre observar al conjunto de éstas, y sólo si suponemos nuestra inmortalidad (lo cual sería un tanto pretencioso).
Las consecuencias de esto son formidables. De la observación de 100 mil millones de millones de abuelas cayendo desde séptimos, quintos, terceros, onceavos e incluso centésimos pisos podríamos inducir que todas las abuelas caen. Errado para quienes, prudentemente, reconocen que 100 mil millones de millones sobre infinito da por resultado, cero.
Evidentemente, lo que de estas afirmaciones se extrae resulta aterrador. Bien podría suceder que, en un futuro caso, en alguna latitud lejana, alguien arrojase a su anciana abuela por el balcón de su casa con ínfulas asesinas y esta, contraria a cualquier pronóstico, quedase suspendida en el aire, flotando cual Peter Pan.
Incluso peor. Si reconocemos que no podemos determinar la regularidad en la ciencia por un lado; y por otro, que resultaría imposible la elaboración de cualquier afirmación con status de verdad universal, no resultaría una locura figurarse algún pretérito cercano, en el cual, tras abrir la puerta de nuestros hogares, descubramos que el piso ya no es, y en su lugar, un hueco profundo y eterno.
Muchos poco precavidos, acostumbrados a la aceptación rutinaria del mundo fenoménico que los circunda, acabarían perdiéndose en los confines del mismo.
Quizás llegué el día, querido lector, en que las abuelas floten y el piso no exista. O, incluso, que todas las cosas que fueron en el pasado se vean mutadas y descubramos, un día cualquiera, que la chica que amargamente nos abandonó jamás se había alejado de nuestro lado.